sábado, 7 de abril de 2018

Los componentes averiados


Toqué la puerta y una anciana encorvada de ojos negros, que traía puesta una bata floreada, me abrió e invitó a pasar. Sonreí, le extendí la mano para saludarla, tal y como lo indicaba el protocolo. Pero ella no me la tomó.
Buenos tardes, le dije, vengo de la Compañía.
Lo sé, contestó muy seria. Yo pedí que mandaran un técnico de urgencia.
Cierto, señora.
Llámeme Esther.
Bajé mi mano, saqué de mi bolsillo la orden de trabajo para practicarle una rápida entrevista. Pero ella hizo una mueca y me detuvo.
Deje eso y venga para acá, me dijo con premura, usted disculpará el desastre, pero no he tenido tiempo de limpiar el lugar, tendrá que trabajar en la recámara.
No se preocupe, contesté resignado, con que haya un par de enchufes cerca será más que suficiente.
Los hay.
La anciana me condujo por un largo pasillo. Las paredes tenían fotografías de perros y gatos haciendo cabriolas, subidos en autos de juguete y saltando la cuerda.
Al fondo había una puerta, ella la abrió con una llave plateada. Dentro apestaba a orines. De inmediato solté mi maletín, y mis herramientas chocaron con el suelo al mismo tiempo que alcé mis manos para taparme la nariz y boca. Cerré los ojos. Oí que un puñado de moscas volaban frente a mi cara, y sentí que se querían meter en mis orejas. La anciana encendió las luces, y algo se rompió dentro de mí cuando miré al tipo que se encontraba torcido en la cama con el pecho abollado, los cables rotos, el aceite resbalando por sus brazos y los ojos grises fijos en mí.
En el suelo había sobras de comida; las moscas se olvidaron de mis orejas y se arracimaron en lo que parecía un trozo de milanesa.
Alcé la vista y miré la máquina. Zumbaba por dentro, las piezas metálicas se atoraban al intentar alzar el cuerpo, chirriaban al querer acomodar sus partes. De pronto desistió y un sonido agudo salió de su boca; poco a poco se dejó caer en la cama. Me di cuenta que era uno de los primeros modelos que se fabricaron.
¿Gusta que le traiga té, galletitas?
No, muchas gracias, le contesté.
Esta noche caerá lluvia radiactiva, espero termine pronto su trabajo para que no se queme en la calle.
Así lo haré, le dije.
La anciana salió de la recámara silbando una melodía que me recordó una canción que cantaba mi tía cuando era niño. Me acerqué a la cama, a la máquina que había destrozado su enjundia, y que me miraba fijamente. Abrió la boca y dijo “diablo”, al hacerlo agotó su última línea de energía. Acomodé las herramientas, saqué un cubre bocas y me lo coloqué, también me puse guantes de plástico, conecté las extensiones, ajusté mis gafas y me puse a trabajar. Armé y soldé. Sustituí lo inservible. Pasé cuatro horas concentrado en componerlo. Varias de sus partes parecían que realmente fueran de carne y hueso. Algo normal en los modelos antiguos. Terminé. Hice un buen trabajo, sólo faltaba mostrárselo a la anciana. Lo enchufé para reiniciarlo. Esperé un rato a que cargara. Por la ventana se veían nubes de polvo rojo deshaciéndose en el viento.
Encendí su sistema. Abrió los ojos. Se puso de pie. Le quité los enchufes. Él no dejó de mirarme. A pesar del uso que le habían dado, su maquinaria principal se mantenía intacta. Fue la primera y última vez que vi un modelo de ese tipo. Volteó la vista, caminó a la ventana y rompió los vidrios. Saltó. Esther entró corriendo y maldijo mi pericia. Me miró.
Usted lo suplirá esta noche, dijo.
Salió y cerró la puerta con llave. La radiación de la tormenta que se soltó afuera me impidió pedir auxilio. “Diablo”, dije al mismo tiempo que las nubes rojas soltaron un trueno, y el viento hizo entrar partículas de plástico negro que se arremolinaron en el techo.